Habíamos bebido mucho.
Marta estaba totalmente ebria, había intentado hacerle el amor, pero su vagina estaba completamente cerrada, allí ni entraba ni salía nada, desistí.
Mía, el bebé de Marta, empezó a llorar. A los hombres sólo se nos ocurren dos cosas, que es la hora de comer o que es la hora de cambiar pañales. El alcohol de mi cuerpo no iba a resistir todo ese marrón que un bebé tan pequeño puede producir, así que calenté algo de leche y me dispuse a dársela.
La tomó.
Mía seguía llorando, hice de tripas corazón, enrollé una camiseta al rededor de mi cabeza a modo ninja, bajé el pañal. Estaba limpio, pero el bebé seguía llorando.
En un principio no fue nada sexual, el bebé lloraba y yo sólo pretendía hacerle callar.
Empecé a acariciar su vagina, su pequeña vagina. Me sentí un monstruo hurgando en algo tan diminuto, pero Mía dejó de llorar y esbozó una sonrisa. Quien ha tenido un bebé en sus brazos, sabe que cualquier cosa que tengan entre sus dedos lo aprietan con fuerza. Bajé mi cremallera y coloqué mi pene cerca de su mano derecha, ella no tardó en agarrarlo y estrujarlo. Consiguió ponérmela dura. Aún no tenía dientes, al menos no que yo pudiese ver en ese momento. Se la acerqué a la boca, pero no conseguí nada.
-Estúpido biberón- pensé
La penetré, con la delicadeza del que penetra una tarta de manzana con la intención de que sus compañeros de clase se la coman después. No entró demasiado, al principio sólo el capullo, luego el capullo y un poco más. Mía emitía soniditos, gemidos, supuse.
El bebé tuvo un par de combulsiones. Sus ojos se pusieron en blanco y tembló. Vostezó. Quedó dormida.
La llevé a la cuna. Me senté en el sofá, encendí la tele y me masturbé.
Esa noche a Mía le salía su primer diente.
Juan Díaz Delgado






