Rocé con la punta de la lengua.
Humedecí. Se abrió.
Aparté mi boca de su sexo. Miré sus ojos, azules, besé su rodilla. Subí, 3 centímetros por segundo. Besé su clítoris. Lo volví a hacer. Lamí.
Agarré su culo con fuerza. Es mío, pensé, y sumergí mi cabeza en su sexo.
Dejé pasar el tiempo.
La penetré. Gritó, grité, gritamos. Empujé con fuerza, me tiré a un lado. Se puso encima y me recordó que soy un viejo borracho. Que el alcohol hace que sea ella quien manda. Que sólo soy una polla con un trozo de titanio que la atraviesa.
Zorra le susurré.
Me abofeteó. Siguió encima mío, pasaron veinte minutos, o una hora, qué sé yo. ¿Qué importancia tiene el tiempo mientras uno empuja? Aveces demasiado poco, aveces demasiado mucho.
Lamió mi polla. Vibramos.
Empujé y me corrí. Ella también se corrió, al menos eso dijo.
Cenamos, otra vez, arroz y un frankfurt.
Frankfurt, que estúpido nombre para una salchicha.
Ketchup.
Escribió, me puse celoso, un poco, no mucho.
La besé y dormimos.
Chúpate esa barman, soñé.







Kilian Úbeda