Ya he confesado ser una persona tímida. Compartir cama con la chica que me atrae no me resultó fácil, aunque trataba de mostrarme seguro. Mantuvimos una conversación agradable sobre algún tema, no recuerdo el hilo de la conversación, mi cabeza sólo pensaba en si era buen momento o no para besarla. Como siempre, Belén llevaba la batuta de nuestros diálogos. Ella hablaba y yo asentía.
Miedo
Me contaba historias de miedo. Sucesos que le habían ocurrido en ese pueblo. Hizo que me extremeciera. Pese a los treinta grados que marcaban los termómetros, mi cuerpo sintió frío y mi piel se erizó. Nuestros cuerpos poco a poco se acercaban.
En mi cabeza sólo había imágenes de la noche anterior. Habían habido un par de besos, pero eso no me daba derecho a volver a darlos. No los dí, al menos de momento. Mientras ella hablaba y yo asentía, y sin ser consciente de cómo ocurrió, mi mano estaba paseándose por una de sus piernas.
Silencio
Eran suaves. Mis dedos daban pasitos desde la cintura hasta sus rodillas, y luego arrastraba suavemente las yemas de los dedos en sentido inverso. Cuando volví a ser consciente, el silencio invadía la habitación. Belén había dejado de hablar, ahora sólo se escuchaban suspiros y si prestabas atención, los latidos al unísono de nuestros corazones.
Cerré los ojos. Suspiré. Al abrirlos mi boca estaba pegada a la suya, a su boca y a su cuerpo. Recorrí cada centímetro de Belén, memorizando cada una de las acciones que le hiciesen extremecerse, prestando atención a su respiración, centrándome en hacerla disfrutar.
Fue mágico. Intenso. No era la primera vez de ninguno de los dos, sí nuestra primera vez juntos. Ambos pusimos toda nuestra pasión y ganas esa noche. Disfrutamos como es difícil que se repita, al menos con tanta intensidad.
Nos quedamos abrazados, mirando al techo, acariciándonos.
Dormimos.
Sonrisas
Despertarse fue gracioso. Aparecí en el salón, en ropa interior y rascándome la cabeza. Belén me estaba esperando con una sonrisa de oreja a oreja. Me dije para mí mismo que la quería, que la quería para mí, que quería ver su sonrisa cada mañana. Me chivó que Mirian nos había oído la noche anterior, le guiñé el ojo.
Ella estaba preciosa. Se lo hice saber.
David, el bebé de Mirian, reclamó nuestra atención. Como papás ilusionados pasamos la mañana jugando con él.
Éramos felices.






