Mi rostro, en contra de mi voluntad, se mostró serio con demasiada frecuencia durante aquel primer día. El cansancio acumulado, las horas de viaje y el sol sofocante hicieron desaparecer el buen humor con el cual Belén me había conocido. Pese a todo eso, traté de que mi sonrisa estuviese presente en el saludo a cada familiar que Belén me presentaba.
Ella rebosaba alegría, como era habitual desde el día que la conocí. Durmió unas horas durante el viaje, pero cuando acabas un trayecto tan largo, sólo tienes ganas de descansar. Estaba enérgica, ni pizca de una muestra de cansancio. Se mostraba preocupada por mí, tal vez en exceso. Me hacía sentir especial. Para mí verla sonreír era suficiente. Los mil cien kilómetros habían merecido la pena.
En el pueblo de Belén, la gente circula por donde quiere, no importa si estás a la derecha o a la izquierda. El supermercado abre a la hora que le apetece a la cajera, y no hay habitante en la calle si el sol está visible.
Una vez la oscuridad se apodera de Villanueva del Río, la gente vuelve a la vida e inundan las plazas y bares. Posiblemente no haya más de quinientos o seis-cientos habitantes en el pueblo, pero el noventa por ciento de la población, está en las calles en horario nocturno.
Conocer al padre de Belén, fue más sencillo de lo que había imaginado. Es cierto que soy una persona tímida, pero el hecho de que tuviese que irse a trabajar hizo que el encuentro fuese breve y fácil de digerir. Belén y yo no éramos más que amigos, pero la sensación que yo tenía, es que estaba presentándome ante mi suegro, y sin haberme afeitado.
La noche nos alcanzaba. La gente empezaba a salir a la calle, y a nosotros se nos agotaban las pilas. Fuimos a casa de su amiga Mirian, con ene. Pese a los pocos recursos de Mirian en ese momento, no dudó en alojarnos, y fue una anfitriona magnífica. Yo, sin duda, hubiese preferido un hotel, pero para eso debíamos recorrer cuarenta kilómetros de camino a Sevilla. Nos quedamos en el pueblo.
Pasaban de las doce cuando fuimos a la cama.
Belén y yo, una noche más bajo el mismo techo, en la misma cama. Ambos teníamos la mirada perdida en algún lugar del techo.
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