Las primeras horas de viaje fueron cómodas. Barcelona - Zaragoza es un trayecto que he hecho decenas de veces, y fue gracias a Belén que el camino no se hiciese aburrido. Yo pisaba el acelerador. Mientras, ella hacía una improvisada Jam Sessión con una enorme carpeta de CDs que había traído.
Ambos charlábamos, aún incrédulos, sobre lo que estábamos haciendo. No nos conocíamos y estábamos haciendo nuestro primer viaje de enamorados.
Fue en ese momento, mientras atravesábamos el meridiano de Greenwich, que iniciamos la costumbre de recordar nuestros primeros momentos juntos. Aún no hacía tres soles que nos conocíamos y ya teníamos momentos que recordar, momentos que al mencionarlos ambos nos sonrojamos y suspiramos.
Amanecía a nuestra llegada a Zaragoza. La inmensidad de los molinos de viento me hicieron estremecer. Disimulé mi poca hombría poniendo mi mano en sus piernas. Me vino a la mente lo sexy que estaban el primer día que nos vimos. Y entre caricias los carteles anunciaban la proximidad a Madrid.
Belén dormía. Muy hábilmente recliné su respaldo para que estuviese cómoda. Mis tripas rugían, y el hambre hizo que el poco sueño que pudiese tener se esfumase.
Rojo telepizza
Se despertó poco antes de nuestra llegada a Madrid. De haber seguido durmiendo nuestro viaje final se hubiese acortado en prácticamente una hora, ya que yo hubiese seguido las indicaciones que creía oportunas en vez de seguir su consejo. Nos perdimos. No le di demasiada importancia al asunto, pues mi cabeza sólo pensaba en comida.
A ella le apetecía mucho una pizza barbacoa, y yo supliqué por una hawaiana del telepizza. No os imagináis la de carteles rojo-telepizza puede llegar a haber en la capital. Docenas de bancos Santander, vodafones, garajes del tío pepe. Todos con sus carteles rojos relucientes. Ni rastro de una pizzería.
Bajamos el listón a cualquier alimento que echarnos a la boca. Todo cerrado. Es increíble que en una ciudad como Madrid, no haya un maldito restaurante abierto en domingo. Hicimos de tripas corazón e improvisamos el camino hasta un McDonalds cercano a la M40.
Acumulamos tanta hambre, que comimos por los ojos. Pedimos de todo un poco, sobró mucho de todo. Fue divertido ver como con un par de bocados, ambos estábamos llenos. Belén suspiraba impotente ante la incapacidad de dar tan sólo un bocado más. Yo la miraba feliz, habíamos hecho la mitad del camino y el estómago ya no me daba puñetazos.
inSOLportable
Se ofreció a conducir para que yo pudiese descansar. Aunque quería negarme, de mi boca no salió ningún no. Subí en el asiento del copiloto, ajusté mi cinturón y pese a que debería haberme dormido, me mantuve con los ojos como platos. Mirando más que nunca los retrovisores, suspirando a cada frenada, y no porque Belén no supiese conducir, sino porque estaba asistiendo a mi “desvirgamiento” como copiloto de mi coche.
Belén se percató de mi incomodidad, y amablemente volvió a cederme mi sitio. La segunda mitad del camino transcurrió con normalidad. Fue ya en la provincia de Sevilla, cuando como un niño pequeño empecé a quejarme de lo insoportable que era el calor. Quería llegar, y casi entre súplicas se lo hacía saber a Belén, como si ella pudiese solucionarlo.
Un cartel anunciaba: Villanueva del Río y Minas.






