El coche estaba cargado hasta los topes. Al ser un viaje sin planear, no tuve tiempo de vaciar el maletero de todos los trastos que suelo llevar. Pero doscientos-veinte caballos de ganas tiraban del coche hacia casa de Belén. Más rápido que nunca.
Ella estaba en su habitación, terminando de preparar la maleta. Supo ser organizada, y muy hábilmente hizo caber un montón de ropa en una cómoda mochila. Yo apenas metí tres prendas y un excesivo número de mudas de ropa interior en un maletón de esos de 40 euros en los chinos, y recuerdo haber tenido que pedir ayuda a la hora del cierre.
Su amigo Ángel sonreía y me observaba con cara de incredulidad. Yo no quitaba la mirada de la boca de Belén. He visto a muchas personas sonreír, pero nadie con esa alegría y esa sinceridad. Puede tocarte la lotería y creer ser la persona más feliz del mundo, pero ni con todo el oro alcanzaríais la felicidad que ella desprendía en ese momento. Recuerdo que pensé que esa sonrisa la querría ver el resto de mi vida, y ser el causante de probocarla hizo que se me subieran los colores. Nadie pareció darse cuenta. Todos estábamos especialmente contentos.
Calentando motores
La noche sería larga. Antes de iniciar nuestro viaje, decidimos trasladar nuestra alegría a un club con música variada y tomar unas copas que nos mantuviesen despertos durante la noche.
Belén tiene un poder magnético. Me divertía ver como todo el mundo la miraba cuando ella caminaba o bailaba. Ellos con deseo y ellas con envidia. Traté de disimular mis ganas hacia ella, fijé la mirada al infinito. Puse mi mejor cara de indiferencia y comenté con Ángel lo guapas que eran otras chicas. Traté de señalar un par de veces a otras mujeres, con la intención de que Belén se mostrase celosa. Parecía molesta.
C
Guns N’Roses sonaba y mis ánimos fluían entre tragos de vodka. En aquel lugar, yo era el rey de la guitarra invisible voladora. Belén corría hacia la mesa del DJ y pedía una de sus canciones moviditas. Sonaba su canción y volvía corriendo hacia nosotros para seguir seduciéndome con sus movimientos sexys.
A ambos nos esperaba un largo viaje que hacer, y cada vez más, la tasa de alcohol se alejaba de lo permitido. Pero estábamos cómodos, disfrutábamos de nuestras miradas, de sus movimientos, de las ganas de besarnos y de evitar hacerlo. Y casi sin darnos cuenta, pasaban de las cuatro de la madrugada.
Cerramos la fiesta con unos chupitos de tekila. Montamos en el coche, y mientras ellos rezaban para que no hubiese ningún control, yo me dirigía tranquilamente hacia casa de Ángel.
Lleno, por favor
Era la hora. Ya nada podía retrasarnos más. El viaje comenzó después de llenar el depósito en una gasolinera cercana, de la cual ahora soy cliente habitual.
Agregalo como Favorito
Compartir
Enviar email
Hits: 498
Comentarios (0)

Escribir comentario





