La vuelta a casa la tomé con calma. Tardé más de lo habitual, claro, pasé el camino recordando como había sido la noche. Eché en falta un beso de despedida. Pensaba si ella también le daría vueltas a todo lo que había sucedido. Me preguntaba cuándo volveríamos a vernos e imaginaba otros finales para nuestra cita. Con besos, con alguna caricia, con mis manos en su culo. Todo tipo de finales.
El camino era largo, también tuve tiempo de buscar algunos motivos por los que volver a vernos.
El camino era largo, también tuve tiempo de buscar algunos motivos por los que volver a vernos.
Esperándote
Llegué a casa. Inicié mi rutina matinal, encender el ordenador, revisar el mail, mear el alcohol de toda la noche, volver a revisar el mail y meterme en el chat. Allí estaba ella. Pude comprobar que todas las dudas que yo me había planteado durante el trayecto a casa, ella las había tenido en la comodidad de su cama.
Estuvimos un buen rato hablando, pero tocó volver a la realidad de la vida cotidiana. Yo a trabajar y ella que podía a descansar.
Después de una jornada suave no había cosa que me apeteciese más que ir al cine. Soy muy cinéfilo y todos los viernes aprovecho para ir a ver los mejores estrenos. Sabía que Belén había hecho planes con su grupo de amigos, además estaría ocupada preparando una obra de teatro, ese era su plan de los viernes noche, así que telefoneé a mi amigo Román y fuimos a ver “asalto al tren Pelham 123” de John Travolta y Denzel Washington. Siempre he pensado que John Travolta está infravalorado como actor, Denzel genial, como siempre.
Fuimos a cenar. Román hablaba de la película, le gustó, yo fingía escucharle, asentaba con la cabeza y cada dos minutos interrumpía diciendo, John ha hecho un muy buen papel. Escribí un mensaje a Belén: “Quiero verte, a solas”.
Me deshice de Román, que con una sonrisa de “sé que has quedado con una chica” me dio las buenas noches. Esta vez no pensé en un beso de despedida.
Me apliqué Black XS de Paco Rabanne, corrí al coche y conduje a toda velocidad los 30 kilómetros que me separaban de Belén. Al llegar ya estaba lista, en la puerta, esperándome con su perfecta sonrisa.
Esta vez fue ella quien hizo de anfitriona. Escogió un chiringuito donde bailó para mí y donde tomamos las primeras copas, después de aquel baile yo las necesitaba. La borrachera de la noche anterior empezaba a esfumarse del todo, pero nosotros le dimos motivos por los que quedarse una noche más.
Al salir de allí tuvo un traspiés. Acabó en el suelo arrastrándome a mí con ella. Nos reímos y acordamos que ya estaba bien de beber por hoy. Fuimos al coche y buscamos un lugar tranquilo donde charlar.
El beso
Sonaba música, pero sus palabras captaban toda mi atención. Hablaba y hablaba, yo escuchaba y la miraba. Miraba sus piernas, miraba sus manos, su pelo. Miré su boca y sin saber como, mientras ella continuaba hablando, la besé.
No fue un beso extenso, pero apasionado. Mientras nuestros labios aún estaban juntos , por mi cabeza pasaba la pregunta de si elegí bien el momento de besarla. Tal vez después del beso debía poner la mejilla por haberme precipitado, pero estaba dispuesto a ello.
No hubo bofetada, tampoco más besos, ni comentarios al respecto. Continuó hablando como si nada hubiese pasado. Yo estaba fascinado.
Le propuse pasar el resto de la noche en mi casa. Aceptó sin ni siquiera dudarlo, pero con la seguridad de que entre nosotros no habría más que el beso que hubo. Mi intención, de momento, nunca había sido el de llevarla a la cama; se lo hice saber. Estando los dos de acuerdo, hicimos el trayecto hacia mi casa.
Una vez allí, ella en su lado de la cama y yo en el mío, hablamos sobre la familia y algunos temas con no demasiada importancia, caímos agotados. Dormimos escasas tres horas, pero ella tenía compromisos a los que no debía faltar.
Me gustó dormir con ella, odié tener que separarme, pero el tiempo que duré separado me fue bien. Lo empleé en prepararle la sorpresa que, en mi opinión, hizo que se enamorara de mí.
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