Blog personal de Juan D. y Belén M.

El Abismo de Juan y Belén

*Él* Capítulo 4

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Llegamos al centro de Barcelona. Dejamos el coche aparcado en el parking de Plaça Catalunya y caminamos por la rampa de acceso situada a las puertas del Hard Rock Café.



Belén rompió el silencio bromeando sobre sus pechos, sonreí. Una vez en el exterior del parking, se mostró algo insegura. Me había confesado que la gran ciudad no era un destino habitual para ella.


Barcelona



Imaginad que en las fiestas de donde vivís, se reúnen en la plaza un máximo de quinientos vecinos y amigos de pueblos cercanos. Imaginad también que estáis en medio de esas quinientas personas y que allá donde vais no os libráis de ellos. Ahora multiplicad esas quinientas personas por diez y en vez de la plaza de tu pueblo sitúate en las Ramblas de Barcelona, un lugar desconocido para ti. Esa era la incomodidad que debía sentir Belén.



Traté que el paseo le fuese lo más agradable posible. Deslicé mi mano por su cintura y la coloqué suavemente. La posición de la mano debía ser exacta. Unos centímetros más abajo y podría darle la sensación de ir demasiado deprisa.



Paseamos y charlamos por toda la Rambla hasta la zona del Port. Yo delante de ella, siempre. Agarró fuerte mi brazo cuando cruzábamos el puente marítimo que va, de un extremo del puerto al centro comercial Maremagnum. Ella buscó protección en mí, y yo acepté protegerla. Llegamos a suelo firme y nuestros cuerpos se separaron. Lo lamenté. Lamenté que el puente no hubiese sido más largo, que sus suaves manos ya no tocasen mi cuerpo.



Le tocó a ella elegir restaurante. He de confesar que, de haberme tocado elegir a mí, jamás hubiese terminado allí. Los hombres a veces somos estúpidos, muy a menudo, y en un arrebato de estupidez hubiese querido impresionarla llevándola a uno de esos restaurantes con un montón de tenedores en la puerta.



En la cena Belén me fascinó. Hablamos de todo. Política, literatura, aficiones, incluso resolvimos un enigma racial. Fue realmente divertido.



Eran pasadas las doce. Nos tocaba decidir si la noche terminaba en ese momento o si estirarla más. Ninguno de los dos estaba dispuesto a despedirse del otro, así que volvimos a por el coche y fuimos a tomar una copa a la playa.


-Coincidimos en gustos- dije
-Por nosotros- respondió, y brindamos nuestras copas de vodka.



La llamó al teléfono su prima Ester. Se pasaron cinco minutos hablando sobre si yo era o no un violador en potencia. Llegaron a la conclusión de que no. La duda me hizo sentir incómodo, pero no le di demasiada importancia al asunto.



La noche era joven, y pese a mi cuerpo poco acostumbrado a la vida festivo-nocturna decidimos ir a una discoteca cercana. La música no era de mi agrado, para nada. Pero se le veía feliz, en su salsa, y eso me hacía sentir muy bien.  Bailamos, bueno, ella bailó. Yo la miraba. Bebimos, esto si que lo hicimos los dos. Y nos acercábamos cada vez más.



Durante más de una ocasión tuvimos la posibilidad de besarnos. De haberlo hecho, la tierra hubiese seguido girando, pero posiblemente nuestra historia hubiese cambiado por completo. Ninguno de los dos dio el paso.


Humedades


Al salir, volvimos a la playa, esta vez desierta. Sólo el ruido de las olas rompiendo cerca de nosotros y a lo lejos, la luz que habíamos dejado atrás en una Barcelona festiva. Jugó en la orilla, chapoteando con las olas que se resistían a morir bajo sus pies descalzos. Volví a fijarme en las piernas que durante todo el trayecto hasta Barcelona me habían tenido la cabeza distraída. Esta vez estaban mojadas. Puedo afirmar con seguridad que fue una de las escenas más eróticas que he vivido en mis 23 años. Era realmente sexy. Su inocencia, su dulzura. Desbordaba felicidad y me la transmitía.



Una de las olas pegó con fuerza cerca de donde ella jugaba. Sonrió y me confesó que se le había mojado la ropa interior. Se dio media vuelta y miró al mar. Desafiándolo. Me acerqué a ella y la abracé con un cariño con el que jamás he abrazado a nadie. Fruto de las copas de más, de lo erótico que me resultaba todo aquello, y de mi instinto protector le pedí que se quitase las braguitas.



En una situación normal no hubiese dicho eso, pero tenía miedo a que el agua fría pudiese jugarle una mala pasada en esa zona tan delicada. Aún me río cuando recuerdo ese atrevimiento que tuve.



Obviamente no aceptó mi sugerencia, incluso la tomó de forma regular. Pero pronto se nos olvidó a los dos. Justo en el momento en que me pidió que la llevase de vuelta al coche a caballito.



El sol volvía a hacer presencia en nuestras vidas, pero nuestras ganas de estar juntos se resistían al adiós. Me llevó al Bosc d’Orrius, un bosque según cuentan encantado. Mantuvimos una charla agradable. No pude impedir que mis manos acariciasen su espalda, ella no se molestó.



Habían pasado más de doce horas desde que tuvimos nuestro primer encuentro, y como adultos creímos conveniente que nuestra primera cita terminase en ese lugar. La llevé a su casa y con tristeza, como otras veces hicimos por ordenador, se bajó del coche y se marchó.

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