¿Qué otra cosa podía hacer? Nada, sólo clavar la mirada en la pantalla del ordenador. Ella estaba al otro lado, probándose mil y un modelos de ropa. Desde tejanos que hacían que mis ojos se centrasen en su culo, hasta vestidos cortos que volvían loco al más cuerdo.
Le di mi opinión en todos y cada uno. Aplicó un poco de sombra que hacían, si cabe, aún más espectaculares sus ojos azules. Y por fin estaba lista. Lista para salir con otra persona que no era yo.
Seguramente yo me quedaría revisando nuestras conversaciones, fantaseando con sus labios, adivinando su aroma, esperándola.
No hizo falta esperarla, después de pasarse horas cambiándose una y otra vez, canceló sus planes. Más tarde me enteraría de que todo había sido una trama para quedar conmigo.
Me hizo desearla, me hizo envidiar al tipo con el que había quedado, y puso en mi mano ser la persona que pasaría la noche con ella.
Pasaron horas hasta que di el sí definitivo. Estar con ella era algo que deseaba, pero ¿estaba preparado para arriesgar la relación que teníamos? Si la noche iba bien, nuestra relación daría un paso de gigante. Pero me aterrorizaba la posibilidad de que la noche no fuese bien, y perderla.
Acepté, cómo negarse si te hacen desear algo de esa manera.
Yo no tenía tantas horas como había tenido ella para prepararme, así que de perdidos al río, abrí el armario y me puse lo primero que vi.
El trayecto se me pasó rápido. Guns N’Roses a un volumen casi inapreciable y en mi cabeza un mapa con los lugares a los que podía llevar a Belén.
Había llegado, algo más tarde de la hora acordada, le tocó esperar. Puse mi mejor sonrisa y la llamé para que saliese en mi búsqueda. Estaba un par de números más allá de su casa.
Por fin la tenía delante mío, caminando hacia mí. A medida que se acercaba me di cuenta de que mi sonrisa se había esfumado. Los nervios me la habían jugado. Traté de disimularlo y sonreí en el último momento, apuesto a que se dio cuenta. Llegó el momento, estábamos cara a cara. Ni ordenadores, ni cámaras. La ruleta volvía a girar y esta vez la apuesta no sólo dependía de mí.
Subimos al coche y rápidamente puso el CD que había preparado para nuestra primera cita. Íbamos hacia Barcelona, durante todo el trayecto y en las escasas pausas que había entre nuestras conversaciones, ella bailoteaba haciendo volar su pelo y mostrando lo sexy que era su boca. Mis ojos recorrieron una y otra vez sus piernas. Llegamos a Barcelona, yo hubiese seguido hasta Groenlandia.
Agregalo como Favorito
Compartir
Enviar email
Hits: 409
Comentarios (0)

Escribir comentario





