Pasé la mañana trabajando, y en cada una de mis pausas estaba ella, inmóvil, clavada en mi imaginación.
Llegaban emails, mensajes y llamadas. Más de las habituales, pero ninguna señal por su parte.
Hambre de ti
Llegó la hora de comer, y con el primer plato, Belén. Era un guiso de patatas y carne, tenía muy buena pinta, pero no di más de dos bocados cuando Ella hizo que perdiera el apetito. Normalmente estas cosas pasan cuando algo te disgusta, a mí se me quitó el hambre cuando Belén me puso la cámara del ordenador. Verla hizo que el resto de mi mundo fuese innecesario.
Cuando quise volver a pegar bocado, el guiso estaba frío. Y es que habían pasado horas y ni el trabajo, ni cualquier otra distracción podía importarme lo más mínimo. Sólo Belén y yo. Sus palabras escritas, las imágenes de su cámara, su voz.
Mi plan de la pasada noche iba sobre ruedas. Había conseguido que ella me necesitase, pero no había pensado en los efectos secundarios. También yo la necesitaba a ella.
Me entristeció tener que despedirme, pero una reunión importante a la mañana siguiente me hacía tener que dormir algo más esa noche.
Número desconocido
Lo mejor de acumular sueño de un día, es que cuando vuelves a la cama no tardas demasiado en conciliar el sueño. Seguramente estaba soñando cuando sonó el teléfono. El perro aún dormía, debía ser de noche-pensé-. No hice caso del teléfono.
Pasaron cinco minutos. Volvió a sonar. Esta vez corrí, pero para cuando llegué el móvil ya no sonaba. El número me era familiar, pero no estaba registrado en mi agenda.
Se iluminó la pantalla. Sonreí. El sueño había vuelto a desaparecer. Belén me explicaba en un mensaje que me había llamado desde el teléfono de su madre.
Antes de que pudiese dormirse, me lancé a llamarla.
Esta vez ella habló primero. La timidez del primer día se me había pasado, la conversación fue más amena. Estaba cansado, pero las ganas de estar con ella volvían a ganarle terreno al sueño.
Hablamos hasta el amanecer. Retrasé mi vuelo por quedarme con ella, por verla dormir. Aún estando a distancia no podía resistirme. Ni un solo parpadeo durante todo ese tiempo, no quería perderme ni una milésima de ella.
Tenía el tiempo justo para correr hasta el aeropuerto, tomar un café rápido, embarcar y asistir a mi reunión. Suprimí el café a cambio de que Ella me regalase una sonrisa. Sonrió y capturé ese momento. Los ordenadores siempre se me han dado bien, ¡capturar momentos estaba chupado!
Desde ese día tengo su sonrisa disponible veinticuatro horas, para mí.
Volé sin dejar de mirar su fotografía, y casi sin darme cuenta pasó la mañana y volvía a estar en casa dándole los buenos días.
Agregalo como Favorito
Compartir
Enviar email
Hits: 487
Comentarios (0)

Escribir comentario





