Cuántas veces tropieza un hombre hasta encontrar el amor de su vida, el amor verdadero. ¿Hay alguna universidad que haya hecho una media sobre cuántas veces nos despert
amos con la persona equivocada?
Esas dos, y otras muchas relacionadas, son las preguntas que me hacía en mis noches de insomnio. El calor del verano no ayudaba a conciliar el sueño.
Casualidades
La chica que nos guiña el ojo en la cafetería del trabajo. La novia promiscua que nos sonríe en el autobús mientras su novio le cuenta que ha sido un día duro en la oficina. La amiga de la amiga de la amiga de nuestra prima, que ha conseguido nuestro teléfono y nos manda un mensaje explicando que os conocisteis en aquella fiesta del colegio, y le pareciste monísimo. O como en mi caso, en una página de internet.
Navegaba entre mi perfil y el muro de mis contactos. Del muro de mis contactos al inicio y así hasta que el sueño me venciese. La página podría haberme sugerido a otra cualquier persona, o yo haber cambiado rápidamente de página y no habérmela sugerido nunca más. Si ese día los planetas no se hubiesen alineado, ahora yo no estaría contando esto, y seguramente, en vez de verla dormir con su carita de ángel, estaría preguntándome sobre las cuestiones que os he expuesto arriba.
Su sonrisa me impactó. No tanto su forma de tratarme al principio, pero tenía una corazonada con ella y aposté todo al mismo número.
Es una chica guapa, demasiado, así que entendí que estaba cansada de tipos normales, de piropos normales y de modos de conocerse normales.
-Conozcámonos. Vámonos de viaje y conozcámonos.
-No me fío de ti, no te conozco.-Respuesta que estaba esperando antes de que ella lo dijera.
-Por eso, deberíamos estar en un lugar donde nadie pueda interferir en nuestro primer contacto. Un lugar desconocido, gente desconocida. Si viajamos dormiríamos juntos, no crees que es una buena forma de conocernos?.
Lo había conseguido. Había captado toda su atención. En las apuestas fuertes, tienes un fuerte riesgo. Lo ganas todo o lo pierdes todo. La ruleta giraba y la bola había sido lanzada.
En su cabeza, imagino, podía haber desde violadores hasta traficantes de mujeres. Aún me río cuando pienso en lo mal que lo tuvo que pasar esa noche. Seguro que se planteó una y otra vez el borrarme, pero para entonces ya era tarde, el destino nos había unido.
Me hizo llamarla.
Odio hablar por teléfono, ¡no me gusta nada! Pero quise tranquilizarla.
Sonó un par de veces el tono, lo cogió. Hubo una pausa de milésimas antes de que ninguno de los dos nos pusiésemos a hablar, pero a mí se me hizo casi eterno. Hablamos. Reímos. Se tranquilizó.
Los ojos se me cerraban, ella me contó que los suyos también se cerraban.
Nos dimos las buenas noches y nos despedimos con la tristeza de la incertidumbre. ¿Cuándo nos volveríamos a ver?
Por esta vez, la bola estaba de mi parte.






