“Poco a poco hasta el hablar se hacía monotono así que inventamos una nueva forma de comunicarnos.”
En el coche.
No era nuestro primer amanecer juntos, pero me sentía especialmente feliz.
El viaje sería largo. Doce horas me separaban de mi padre.
Mi padre y mi madre se separaron cuando yo tenía nueve meses. Al poco tiempo tuve una madrastra y un padrastro, Josep, que para mí, como siempre le digo, él es mi padre de corazón. Pero mi padre, Antonio, es mi padre, y el amor que se siente por un padre, aunque no esté a tu lado es inconfundible. Durante los siguientes 12 años, aproximadamente, veía a mi padre cada vez que yo quería, normalmente en fines de semana. Luego se fue a vivir más lejos y las visitas disminuyeron, y hará cuestión de unos 3 años mi padre se marchó a Sevilla.
1100 kilómetros me separan de él, y verle se me hace casi imposible por las varias responsabilidades que tiene uno en la vida. Estudios, trabajo…y el dinero que muchas veces no abunda.
Llevaba cerca de un año sin verle y fue un año muy duro. Necesitaba a mi padre y sé que él a mi también. Y Juan me dio el mejor regalo que en esos momentos podía necesitar.
Desde el primer día que hablé con Juan supo que mi vida los últimos meses no había sido nada buena. Y recuerdo que el mismo día del beso, en el mismo lugar, lloré. Lloré al escuchar esa canción que mi padre y yo cantábamos y de ahí recordé la que mi papa me cantaba. “Esa niña que me mira, ese cuerpo de mujer…”
Lo anhelaba y lo anhelo ahora al escribir esto. La navidad sin él es un poco menos feliz.
Me moría de ganas de llegar y abrazarle con tanta fuerza y no soltarle jamás, pero a la vez no quería que nunca acabara ese paseo con Juan.
No paré de hablarle de mi padre, y Juan me escuchaba sin reparo alguno. Mirábamos el paisaje y yo, fanática de las ciencias de la tierra le explicaba mil y una cosas. Cambiábamos el CD del coche constantemente.Y Me dormí.
Dormí unas 3 horas y desperté ya cerca de Madrid. Eran las 11 de la mañana y nos moríamos de hambre. Al no haber preparado el viaje con más antelación no llevábamos reservas de comida. Nos adentramos en Madrid. Bueno, en un principio él se quiso fiar de mí y nos perdimos. Y me encantó.
Me encanta perderme, siempre que voy acompañada claro. A demás pude visitar Madrid cosa que nunca había hecho. Teníamos tanta hambre que cada cartel rojo que veíamos creíamos que era un Telepizza y nos enfadábamos mucho al ver que se trataba de un confesionario, un dentista o quien sabe que.
Juan se cagaba en todos los madrileños en ese momento. Era domingo, sí, pero no había ni un mísero bar abierto. Aparcamos el coche en quien sabe que calle, y caminamos. Así estirábamos las piernas también.
Nos reíamos de todo, supongo que por el hambre. Bromeábamos a cada paso de mi vestimenta y de la suya e imitábamos los pensamientos de esos madrileños al vernos pasear por sus concurridas calles.
Volvimos al coche y buscamos alguna indicación que nos llevara de nuevo a la autopista. Pasamos por calles increíblemente estrechas por las que los carteles nos indicaban. Es increíble que Madrid te haga pasar por una calle de los años 20, por lo menos, casi sin asfaltar, para ir a la autopista, y muertos de hambre que estábamos nos reímos más.
Por fin, la encontramos y ahora nuestro desespero era encontrar algún local de comida rápida.
Iban pasando los minutos y nada, y si por alguna remota casualidad lo encontrábamos se encontraba en la otra dirección de la autopista.
Juan se quejaba mucho del hambre que tenia y yo me reía sin parar.
Lo encontramos al fin y pedimos tal cantidad de comida que ni en mis más profundos sueños llegaría a comérmela. Era tal el hambre que teníamos que despareció, sin más. Fue tan solo con un par de bocados que nos llenamos dejando la comida tirada sobre esa mesa de aquel lugar perdido en mitad de la autopista.
Un par de horitas mas y paramos en una gasolinera a mear y esas cosas. Le convencí para que me dejara el coche y así él podía descansar. La verdad es que me asombré al verle aceptar.
Pero no sirvió de nada, porque casi no durmió. Estaba tan pendiente de que no le pasara nada a su coche que no le dio ni tiempo a cerrar los ojos cuando le pedí de hacer un relevo de nuevo.
Y yo, volví a dormirme, pero esta vez poquito. Media hora quizás.
Y el viaje siguió con la alegría del primer momento y en mi lugar, con más nervios a medida que me acercaba. Tenía tanta gente que visitar, tan poco tiempo que estar y tantos lugares para llevar a Juan.
El sol era brillante y grande en su labor de acalorar. Yo llevaba mis gafas de sol, y así, a demás, podía mirarle sin que se diera cuenta.
Juan es realmente guapo- pensé.
Me gustaba su forma de reír y de hablarme, como me miraba y su forma de expresarse.
Recuerdo lo mucho que me reí al decirme él:
- Yo muchas veces me cuento mis propios chistes en voz alta y me rió mucho porque no me los espero.
Me reí tanto en ese momento.
Me recordaba al Jimeno de Hospital Central. Tan alocado él.
Y todo continuó así en todo momento.
Nos acercabamos al destíno, y las carreteras ya me las conocía. Fue facil llegar. Y aunque me moría de ganas de ver a mi papa, primero hicimos una parada al pueblo de al lado donde de se encontraba toda la família por parte de mi madre.





