“Las sonrisas abundan en nuestro hogar, caricias y respeto son dulces que probar y ahora con pasión en los ojos me abalanzo sobre él. Se excita, lo sé, y me gusta ver erizar su piel.”
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Bailando.
Cuando llegue a casa el corazón me iba a mil por hora, puede que por lo nervios, puede que por la carrera que me había metido. Estaba muy extasiada y no paraba de moverme de un lado a otro buscando quien sabe que. Ángel intentaba calmarme. Puse música para relajarme. El tiempo pasaba lentamente. Cogí mi mochila rosa de cuando iba al colegio y empecé a llenarla de la ropa más sexy que podía encontrar. Todo vestidos, mi bikini más bonito, algún top escotado y los short que dejaban volar más a la imaginación de aquel que mirara. Pero me arrepentí, y al final puse mis modelitos normales en esa mini maleta que tenía que preparar.
No me podía creer que al día siguiente estuviera en Sevilla, viendo a mi padre, tíos y abuelas, mi amiga Mirian y las calles donde cada verano suelo pasear. Tenía los nervios a flor de piel y por esta vez la música no me calmaba.
En mi mini cadena sonaba un recopilatorio de todo tipo de música y a cualquier letra que escuchaba me parecía que me la cantaban a mí. Revise mentalmente millones de veces que no me dejara nada, pero aun así sabia que algo me dejaba. Es esa sensación que tenemos todos al irnos de viaje.
Ángel me llamaba loca constantemente y yo tan solo sabia sonreírle.
Era increíble, Juan, el chico que conocí hace 3 días me llevaba a Sevilla, a mi pueblo, a mi rencuentro con mi sangre.
Decidí que mi visita fuera una gran sorpresa, así que no le comenté a nadie mis planes de viaje.
Josep (mi padrastro, aunque este término no me gusta utilizar) se lo tomó muy bien.
- Josep, que no marxo de festa, m’en vaig a Sevilla, tornaré en uns dies.
- Ah Vale.
Y ahí acabo todo. En cambio mi madre se volvió loca.
- Niña, tú estás loca, ¿donde vas ahora a Sevilla?
- En esta vida se tienen que hacer locuras y ahora estoy en edad de hacerlas- Le contesté.
- No te dejo ir.
Y tras varios comentarios por mi parte de lo que me apetecía ir, mi madre cedió.
Me encontraba en la puerta de mi casa, sentada, mirando las estrellas con Ángel. A cada minuto me levantaba para ir a buscar algo que me había dejado.
No paraba de preguntarme si Juan estaba tan nervioso como yo.
Por fin llegó. Recuerdo mi cara de felicidad perfectamente como si delante de mí un espejo hubiese. Juan también sonreía.
Cogió mi mochila-maleta y la puso en su maletero. Ángel, Juan y yo subimos al coche y pensamos donde ir a celebrar nuestra inesperada locura.
Decidimos ir a una discoteca cercana a mi pueblo. Una vez allí dentro bebimos sin parar y mientras Juan se quedaba apoyado en la barra mirando quien sabe que (porque que yo sepa no me miró ni una vez) Ángel y yo bailábamos sin cesar.
La verdad es que me resultaba difícil bailar sexy o provocativa con ese tipo de música al estilo rock-pop-…quien sabe que mas, pero los mínimos instantes que Juan me miraba parecía gustarme mi movimiento.
Me puse un poco celosilla al verle mirar a otra chica y alabar su forma de bailar, así que me pedí otra copa.
Durante toda la noche Juan estuvo mas guapo de lo habitual, y aunque estuvo bastante callado no me sentí incómoda a su lado. En algún momento se hico un poquito el chulito resaltando sus dotes ligando, y tengo que admitir que me molestó bastante lo sobrado que iba en ciertas cosas.
Llevábamos ya tres copas cada uno en el cuerpo más un par de chupitos fuertes cuando decidimos que ya era suficientemente tarde como para no aplazar más nuestro viaje.
Eran cerca de las 5 de la mañana cuando dejamos a Ángel en su casa y emprendimos nuestro viaje.
Habían muchas risas y aunque íbamos muy bebidos no tenia ningún miedo de lo que nos pudiera pasar. Quizás no me importaba si él estaba a mi lado, o quizás el alcohol me afectaba más de lo que pensaba. Cogimos la AP-7 dirección Tarragona, y así vimos amanecer.





