Habían sido unas semanas realmente agotadoras. El ambiente que caldeaba en casa no acompañaba demasiado y la tensión era evidente. Carlota vivía con sus padres por aquél entonces. Faltaban menos de 2 semanas para cumplir los 28 y seguía teniendo la cama llena de peluches. Temía morir sola. Sergio, su último novio, se marchó cuando ella aún tenía 17 años. Era evidente su miedo a la compañía. Era guapa, a pesar de su escasa vida sentimental. Ojos azul cielo, un día de sol radiante. Pelo castaño. En su peso. Con una sonrisa excelente. Lista. Lo tenía todo y a la vez nada. Eran muchos los que se le habían acercado, pero ella los rechazaba sin más. Estaba realmente enganchada a los chats y blogs de todas las clases posibles y se pasaba el día escribiendo en ellos. Su vida se basaba en líneas, letras, palabras, puntos y comas, y alguna vez algún numero. Por supuesto no era virgen, ella tan solo evadía las relaciones. Sergio le hizo daño. No porque su amor por él fuera inmensurable, sino, porque Sergio se lió con otra y le llamó mientras lo hacía enseñándole el gemido que Yolanda, su mejor amiga, hacía al sentirse penetrada por él. Perdió a su novio y a su amiga. Se encerró en si misma y no quiso saber nada mas de la sociedad, mas que para un polvo. No eran muy frecuentes los actos de sexo en su vida. Quizás uno al mes. Carlota sabía jugar sola.
Eran, posiblemente las 3 de la mañana. Y seguía dando vueltas en la cama, pese a que llevaba horas metida en ella. Sabía que su cumpleaños se acercaba y sentía que su vida acababa. Y llegó su cumpleaños. Se levantó temprano, hizo una pequeña maleta, cogió las llaves del coche, sus pequeños ahorros y se marchó. Dejando una nota a sus padres.
“Bien sabéis como soy, y lo que puedo hacer. Me queréis y sabéis que yo no quiero que todo acabe aquí. Prometo que os llamaré. Pero dejarme vivirlo a mi manera. Mama, gracias por el jersey, es el mejor regalo de cumpleaños. Te quiero. Papa, cuida de mama como has hecho siempre. Te quiero, papa.”
Horas mas tarde se encontraba en París. Y en el hotel Lutetia Paris, decidió parar para descansar unos días. Habitación 238.
Y allí le conoció. No hay mas. Fue de película. Subía al ascensor, la puerta se cerraba y él, el chico de los ojos marrones, el chico de la corbata roja, el chico de la sonrisa perfecta, no dejó que la puerta se cerrara.
Esa noche, Daniel y Carlota habían quedado en el bar del hotel a las 12 de la noche. Carlota sabía como hacer las cosas. Bajar, beber, hablar, invitarlo a subir, follar, ducha y adiós. Fácil y revitalizante.
Pero Daniel resultó ser encantador, magnifico, bellísimo. Y ella no supo que hacer. Le entró el pánico y dejándole con la palabra en la boca, se marchó.
Daniel logró alcanzarla. Carlota lloraba. Le suplicaba que la soltara, que esto no podía ser.
Daniel la tenia agarrada con fuerza, prisionera contra la pared.
- Tranquilizate. No voy ha hacerte daño. Se quien eres. No puedes seguir escapando del destino. He estado siguiéndote desde hace años, esperando por fin a que te fijaras en mi. Se que tienes y que te pasa. Se que te hicieron daño y que a pesar de ello no quieres hacerlo tu. Creeme, no me lo haras, quiero estar contigo, sea el tiempo que sea. Déjame hacer tus últimos días los mejores de tu vida. Te quiero, y siempre te he querido Carlota. No me importa lo que tienes.
Esa noche hicieron el amor, y aunque no era su primera vez, Carlota sintió como si de ello de tratara.
Dos semanas después Carlota moría, no consiguó vencer al cancer. Junto a Daniel, que en ningún momento la había dejado.
¿Y si tú fueras Carlota? Déjate querer.

escrito por Juan, marzo 01, 2010





