La culpa tiene su propio dueño. El amor se cura de espanto a medida que los silencios van pasando. Obtenemos en esos momentos la sabiduría de todos aquellos tiempos que no nos han dejado ver más allá de nuestras narices. Empezamos, pues, a darnos cuenta de lo crudo que podemos ver algunos momentos y lo felices e inquietantes que son en realidad. Todo cambio de normas genera tensiones. Nuestra vida va cambiando a medida que crecemos. Los segundos se vuelven horas cuando menos lo queremos. Cruzamos las miradas con personas que no conocemos. Aquello que no vemos es porque impenetrable es. Culpamos a los demás de todo aquello que nosotros provocamos. Insaciables seguimos haciendo daño. En los nuevos silencios nos acordamos de lo orgullosos que podemos llegar a ser. Hacemos los mismos pasos día tras día por miedo a tropezar. El camino es más vulnerable a medida que más lo conocemos. Buscamos grietas donde solo hay tapices. Y las paredes se vuelven más grises. El ser humano se incrementa en palabras cuando más observa el árbol crecer.






